jueves, 7 de noviembre de 2013

El poder de lo pequeño

Un avión parte de Moscú con destino a Madrid, pero sufre una avería inadvertida en su sistema de navegación que crea una mínima desviación del rumbo de menos de un grado. El avión acaba aterrizando en Mallorca. ¿Cómo se desvió tanto? Un grado es muy poco, sin embargo, ese pequeño desajuste durante cinco horas de vuelo crea una enorme diferencia en el resultado. Cuando hablamos de comportamientos humanos durante… ¡toda una vida!, las desviaciones son aún mayores. En realidad, lo que determina lo que conseguimos no son las grandes decisiones, sino las menores y los actos cotidianos. En este artículo trataremos sobre cómo las personas pueden alejarse de sus deseos y objetivos si no disponen de un plan de vuelo y un sistema de navegación perfectamente ajustados.
Dos hermanos comparten la misma familia, genética, posibilidades y educación, entorno…, y, sin embargo, con el paso de los años, sus vidas se hacen cada vez más diferentes. Básicamente hay tres factores que influyen en esa divergencia: sus elecciones, sus acciones y sus relaciones.
“El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”
Antoine de Saint-ExupÉry
Lo cierto es que no podemos “no elegir”. No tomar una decisión es, en realidad, tomar una: demorarla. De modo que estamos decidiendo o dejando de hacerlo, cada día. Y lo que acaba ocurriendo es que la vida es el resumen de todas ellas, sean menores o mayores. Cualquier cosa que acaba entrando en nuestras vidas es la consecuencia de una cadena de actos y caminos que elegimos o no.
Las decisiones mayores son aquellas que se toman conscientemente y suelen requerir a veces ayuda de terceros en forma de consejo, pero siempre tiempo de reflexión. Las menores son las que se deciden casi sin pensarlo y acaban creando un efecto compuesto. De las dos, son las pequeñas elecciones las que se acumulan día tras día y marcan una gran diferencia.
Tomar decisiones sabias es más sencillo cuando se tienen claros cuáles son los valores prioritarios y adónde se va. Para no equivocarse conviene hacerse esta sencilla pregunta: ¿la dirección que voy a tomar concuerda con lo que me importa prioritariamente en la vida?

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los padres como maestros

Cuenta una historia que unos padres entregaron unas monedas a su hijo. No se sabe cuántas eran ni tampoco si estaban hechas de oro, de plata o de cobre. Y el joven, indignado, les gritó: “¡Estas no son las monedas que me merezco! ¡Qué injusticia!”. Seguidamente pegó un portazo y salió de casa de sus padres con el corazón inundado de dolor.
Durante años, la lucha, el conflicto y el sufrimiento marcaron la vida de aquel joven. Sin monedas se le hacía muy difícil vivir. Por eso decidió ir a buscarlas a otra parte. Creyó que aparecerían al iniciar una relación de pareja. Poco después se casó, pero ni rastro de las monedas. Más tarde tuvo su primer hijo. “Seguro que las tiene él”, pensó. Un par de años más tarde confirmó que no era así. Movido por su tozudez, tuvo un segundo hijo. Pero las monedas tampoco estaban ahí.
Casado y con dos hijos, no conseguía llenar su vacío. Su vida carecía de sentido. Y seguía sufriendo. Hacia los cuarenta años, el protagonista de esta historia decidió buscar un terapeuta. Tras un profundo proceso de autoconocimiento, finalmente se liberó del dolor y por fin vio con claridad dónde estaban las monedas. Con lágrimas en los ojos, volvió a casa de sus padres, pidió disculpas y les agradeció todo lo que habían hecho por él. Y entre abrazos les pidió que, por favor, le devolvieran las monedas: “Ahora sé que son las que necesito para ser feliz y seguir mi propio camino”. Al salir de casa de sus padres y despedirse cariñosamente de ellos notó cómo la lucha, el conflicto y el sufrimiento comenzaron a despedirse de él. En el momento en que aceptó, tomó y agradeció las monedas de sus padres, se reconcilió consigo mismo y con la vida.
Depender de su aprobación dificulta que seamos libres para seguir nuestro propio camino”
Este cuento, inspirado en el libro¿Dónde están las monedas?, de Joan Garriga, ilustra el camino que todos podemos elegir para resolver parte de nuestros conflictos internos. No en vano, la sombra de papá y mamá es alargada. Y esconde alguno de nuestros peores temores y se nutre de las heridas que más nos cuesta curar. De ahí que muchos adultos se hayan distanciado emocionalmente de sus padres.
Debido a nuestra falta de madurez, los hijos solemos culpar a nuestros progenitores por el tipo de inseguridades, carencias y frustraciones que arrastramos desde la infancia y que se acentuaron durante la adolescencia. Y en definitiva, les negamos nuestro cariño porque ellos no nos quisieron como nos hubiese gustado. Sería maravilloso que todos los padres amaran a sus hijos como estos necesitan. Pero no es así. ¿Cómo nos van a querer nuestros padres si no saben apreciarse a sí mismos?
Nuestros padres y madres, antes de esa condición, son seres humanos. Y tienen sus propias heridas. Nos quejamos de nuestra mochila emocional cuando en general ellos cargan con una maleta bastante más pesada. Nuestros progenitores lo han hecho lo mejor que han sabido. Esta es una lección de la vida que muchos aprendemos demasiado tarde. Normalmente cuando nos convertimos en padres y comprendemos lo desafiante y agotador que puede ser educar a un hijo. De pronto recordamos que de un día para otro dejaron de ser los protagonistas de sus propias vidas.
Debemos cuestionar cómo hemos interpretado nuestra historia familiar hasta poner en orden de dónde venimos”
Emanciparse emocionalmente de nuestros padres consiste en cortar definitivamente el cordón umbilical que nos mantiene atados a ellos. Depender de su aprobación dificulta que seamos libres para seguir nuestro propio camino en la vida. No en vano, convertirse en una persona adulta implica haber resuelto nuestros traumas de la infancia. El hecho de que sigamos en guerra con nuestros progenitores pone de manifiesto que seguimos sin sentirnos en paz con nosotros mismos. Por eso se dice que la adolescencia se sabe cuándo empieza, pero no cuándo termina.
Dejar de esperar algo de nuestros padres, incluyendo que nos acepten, que nos apoyen y que nos quieran. Así es como empezamos a aceptarnos, apoyarnos y querernos, fortaleciendo la autoestima y confianza en nosotros mismos. El indicador más fiable de que hemos conquistado la madurez emocional es que estamos agradecidos por todo lo que hemos recibido de nuestros padres. O, mejor dicho, por el aprendizaje derivado de cómo se han relacionado con nosotros. Es cierto que hay hijos que han heredado falta de afecto, malos tratos e incluso deudas. Sin embargo, el viaje de la emancipación implica comprender que en cada problema o adversidad se esconde un aprendizaje oculto, que es precisamente el que necesitamos para conocernos y saber verdaderamente para qué estamos aquí.
Al comprender y perdonar los errores de nuestros padres, nos liberamos de ellos. A partir de entonces, al mirar hacia atrás solo vemos gratitud. Y cada vez que caminamos hacia delante, nuestro corazón se llena de confianza. El primer paso para transitar esta senda consiste en cuestionar la manera en la que hemos interpretado nuestra historia familiar. Y seguir cuestionándola hasta que consigamos poner en orden el lugar de donde venimos, aceptando, valorando y agradeciendo de corazón las monedas que en su día nos entregaron.

Cumplir los propios sueños

En el paso de la infancia enterramos bajo las obligaciones muchos sueños. La madurez viene acompañada casi siempre del temido “baño de realidad”. El futuro, que para el niño tenía un horizonte casi infinito de posibilidades, se puede estrechar hasta convertirse en una vía de sentido único. Frases como “qué le vas a hacer” o “la vida es así” certifican el fin de las ilusiones para pasar a un mundo de certezas totalmente previsible. Sin embargo, ¿es esa la clase de existencia que queremos vivir?
Este artículo es una invitación a rescatar los sueños que dejamos atrás, algunos de los cuales están reclamando un sitio en nuestra vida adulta para volver a sentirnos nosotros mismos.
La sabiduría suprema es tener sueños lo bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen”
William Faulkner
Cuando se habla de sueños casi inalcanzables, a menudo se cita el caso de Lou Holtz, quien a mediados de la década de los sesenta se encontró en una situación crítica. Tenía 28 años, acababa de perder su empleo, no tenía un céntimo y su mujer estaba embarazada de ocho meses.
En lugar de venirse abajo y lamentar su mala suerte, este estadounidense se sentó a la mesa del comedor para redactar una lista con sus deseos más desmesurados e improbables. Ni corto ni perezoso, llegó a anotar 107 metas tan ambiciosas como cenar en la Casa Blanca, conocer al Papa, ser el entrenador de su equipo favorito de fútbol americano, aparecer en el magacín televisivo The tonight show...
Tras completar una lista que parecía un catálogo de locuras, Lou Holtz pasó a la siguiente fase y se propuso lo siguiente: “Una vez has escrito todo lo que quieres conseguir en la vida, asegúrate de que cada día haces algo concreto para cumplir al menos uno de esos sueños”.
Para asombro de muchos, los cuatro propósitos “casi imposibles” que hemos enumerado los llegó a cumplir, junto con muchos más. Él alcanzó su sueño americano gracias a un hecho evidente y, al mismo tiempo, obviado: muchas cosas nunca llegan a suceder porque nadie se atreve a intentarlas.
Algo así sucede con las grandes metas que pudimos tener de niños y que de adultos nos parecen ingenuas. Son de tal envergadura, que les asignamos la etiqueta de “imposibles”. Sin embargo, alguien acabará siendo astronauta o dirigiendo la Filarmónica de Berlín.
Tanto en la época de la pluma y el bolígrafo como en la era digital, las palabras escritas tienen una fuerza superior al pensamiento, que nos seduce por unos instantes y luego se va diluyendo. El solo hecho de anotar un propósito en un papel o en un archivo de Word hace que nuestro inconsciente sepa en todo momento que el objetivo sigue ahí.
La mejor manera de hacer realidad tus sueños es despertar”
Paul Valéry
En su libro ¡Escríbalo y hágalo realidad!, Henriette Anne Klauser propone que escribamos nuestro propio guion vital a partir de las metas que queremos conquistar. Según esta autora, no se trata de hacer una lista que nos haga sentir culpables si no cumplimos ninguno de los puntos. Lo esencial al escribir los propios sueños es que podemos identificarlos y empezamos a verlos posibles.
Estos son algunos de los consejos que brinda en su manual:
Escribir nuestros objetivos sin temer que sean demasiados, ni excesivamente grandes. El solo hecho de haberlos plasmado en el papel hará que estemos más atentos a las oportunidades y posibilidades.
Fijar prioridades. Klauser recomienda ordenar las metas por importancia, a la vez que nos preguntamos por qué el deseo que ocupa el primer lugar está allí. Entender nuestros deseos también nos ayuda a materializarlos.
Soñar cerca del agua. Por extraño que parezca, se ha comprobado que la creatividad “fluye” mejor cuando estamos al aire libre, así que la autora recomienda abandonar la silla y airearnos.
Escalonar los logros. Alcanzar una meta, por pequeña que sea, nos dará impulso para la siguiente.
Hay hábitos negativos que desactivan nuestros propósitos más profundos. Sin duda, el más poderoso es el miedo al fracaso. Muchos proyectos que podrían realizarse se quedan en estado embrionario por temor al batacazo que sufriríamos si las cosas no saliesen bien. A su vez, este miedo está fundamentado en varios prejuicios e ideas preconcebidas:

Miedo a perderse algo

Toni llega sistemáticamente tarde a todas las citas. Y si algo le caracteriza es la celeridad. Su tremenda impuntualidad no se debe, pues, a que sea lento, sino a que su vida la forma una concentración de actividades pegadas unas a otras. Por muy deprisa que vaya, nunca puede llegar a tiempo. Una frase lo caracteriza: “No quiero malgastar la vida”. Y allí se encuentra la raíz de su conducta.
En la sociedad en que vivimos, si algo nos define es ir acelerados, y no solo en la faceta laboral, sino también en nuestra parcela ociosa. Huimos de un miedo que tenemos escondido en todas nuestras células: que llegue el final de nuestras vidas y que nos arrepintamos de no haberla vivido más intensamente o haberla desperdiciado.
El sufrimiento es algo muy íntimo. La sensación de soledad, de culpa, las dudas, la negrura que se nos instala dentro, suele parecernos algo muy nuestro. Propiedad privada. Solemos esconderlo; los demás, que nos parecen más felices, no podrían entenderlo. Todos solemos enseñar nuestra cara más sonriente. Así, unos idealizamos la vida de los otros. Pensamos que detrás de la sonrisa de los demás se encuentra una vida más fácil que la nuestra.
El bienestar que creemos percibir en los
demás puede llevarnos tanto a la envidia como
a la depresión”
Jesús Gabriel Gutiérrez
Las redes sociales multiplican esta idealización. En Facebook, por ejemplo, muchas personas cuelgan fotos de sus vidas: suculentas comidas, fiestas con los amigos, viajes alucinantes, momentos románticos… Nadie cuelga la bronca con su pareja. Así, cuando un domingo por la tarde sentados en el sofá del comedor nos ponemos a contemplar esas instantáneas fantásticas de nuestros amigos, nos podemos sentir muy desgraciados. FOMO (fear of missing out; en español, miedo a perderse algo) es la nueva etiqueta que ha surgido para esta sensación. ¡Estamos apoltronados en el sofá cuando los demás están disfrutando intensamente de la vida! ¡Nos estamos perdiendo algo! Según un estudio, tres de cada 10 personas con edades entre 13 y 34 años están sufriendo FOMO.
El sentimiento de que la vida pasa y quizá no la estamos aprovechando como deberíamos también lo aumenta la cantidad de oportunidades que nos ofrece el mundo desarrollado. Hace solo unas décadas, la televisión disponía de un único canal; ahora, el número es apabullante. Parece que en la vida pasa lo mismo. Las opciones se multiplican constantemente.
Unos días atrás me quedé sin champú. Entré en el primer establecimiento que vi, pero no encontré la marca que suelo utilizar. Podía comprar cualquier otro. Pero no fue tan fácil. No conté los tipos de champú que había, pero no menos de 40. Mis neuronas tardaron un buen rato en elegir uno. Ridículo.

Dormir poco promueve las discusiones de pareja

La sabiduría popular ya ha dicho siempre que dormir poco vuelve gruñona a la gente. Y ahora un estudio confirma científicamente que no dormir lo suficiente agrava las discusiones entre cónyuges o miembros de una pareja de hecho.

Las psicólogas Amie Gordon y Serena Chen de la Universidad de California en Berkeley han hallado que las personas son mucho más propensas a lanzar palabras hostiles a su cónyuge después de una noche en la que hayan dormido poco.

La investigación realizada por Gordon y Chen deja claro que las parejas experimentan conflictos más frecuentes y más graves después de noches sin haber dormido lo suficiente.

Las investigadoras recolectaron datos sobre cuánto dormían más de 100 parejas, cada una de las cuales llevaba, como promedio, casi dos años de convivencia.

Se evaluó el grado de depresión, el de ansiedad y los de otros factores de estrés en las personas estudiadas, exclusivamente para centrarse en el vínculo entre la calidad del dormir de los miembros de la pareja y sus conflictos conyugales.

En un experimento, 78 adultos jóvenes con una relación de pareja informaron diariamente y durante un período de dos semanas sobre cuánto y cuán bien dormían, y sobre los problemas con su relación. En general, resultó que los participantes dijeron haber tenido más problemas con sus parejas en los días posteriores a una noche en la que habían dormido poco y mal.

Incluso entre quienes dormían relativamente bien, una noche sin haber dormido lo suficiente se asociaba al día siguiente con más conflictos con su pareja.

En un segundo experimento, 71 parejas acudieron al laboratorio, evaluaron cómo habían dormido la noche anterior y luego, mientras se les grababa en video, hablaron con su pareja sobre un motivo de conflicto en su relación. Luego, cada participante evaluó sus interacciones emocionales y las de su pareja durante la conversación que habían sostenido en el laboratorio, y juzgó si habían resuelto sus discrepancias o no.

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No dormir lo suficiente agrava las discusiones entre cónyuges, con el consiguiente deterioro de la relación. (Imagen: Amazings / NCYT / MMA / JMC)

Los participantes que habían dormido poco y sus respectivas parejas estuvieron más negativos unos hacia otros durante el citado debate en el laboratorio, a juzgar por lo que dijeron y por lo que se apreció al observarles el equipo de investigación.

Sus habilidades para resolver conflictos y su capacidad para evaluar con precisión las emociones de su pareja también se vieron mermadas después de una noche de dormir poco.

Obviamente, cuanto más discute una pareja, menos felices son sus miembros en su vida conyugal, y además su salud tiende a resentirse por culpa de los disgustos provocados por esas disputas, por lo que he aquí una razón más de salud para procurar dormir todas las horas necesarias.

Modificar el estado de ánimo de una persona aplicando ultrasonidos en su cráneo

Las vibraciones ultrasónicas aplicadas al cerebro, mediante un dispositivo que se coloca en la cabeza, pueden afectar al estado de ánimo, según ha descubierto un equipo de investigación de la Universidad de Arizona en Tucson, Estados Unidos.

El descubrimiento podría conducir a nuevos tratamientos para algunos trastornos psicológicos.

El equipo del Dr. Stuart Hameroff ha constatado que las ondas ultrasónicas aplicadas a áreas específicas del cerebro, parecen alterar el humor de los pacientes, por lo que ya está en marcha una línea de investigación orientada al posible uso futuro de esta técnica para tratar problemas como la depresión y la ansiedad.

Hameroff comenzó experimentando la técnica consigo mismo. La primera vez que se aplicó el ultrasonido, durante 15 segundos, presionando el dispositivo emisor contra su cabeza, no sintió ningún cambio en aquel momento. Sin embargo, cerca de un minuto después, "me empecé a sentir como si me hubiera tomado un Martini", confiesa.

Estuvo así, de muy buen humor, durante un periodo de entre una y dos horas.

Consciente de que su experiencia podría ser simplemente un efecto placebo, derivado de su expectativa de experimentar un cambio, Hameroff se propuso probar debidamente el tratamiento con un ensayo clínico.

Con la autorización del hospital y del comité de investigación, así como del consentimiento informado de cada paciente, Hameroff y sus colegas aplicaron ultrasonido transcraneal a 31 pacientes aquejados de dolor crónico, en un estudio en el que ni el médico ni los pacientes sabían si la máquina de ultrasonido estaba encendida o apagada.

Los pacientes informaron de una mejora en su estado de ánimo hasta 40 minutos después del tratamiento con el aparato en marcha. En cambio, no experimentaron ninguna mejora cuando la máquina estaba apagada.

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Jay Sanguinetti aplica el ultrasonido al cerebro de un voluntario durante un ensayo clínico. (Foto: Universidad de Arizona)

Después de obtener estos prometedores resultados preliminares en pacientes con dolor crónico, Hameroff y sus colegas se propusieron investigar si la estimulación ultrasónica transcraneal podría mejorar el estado de ánimo en un grupo mayor de voluntarios sanos.

Jay Sanguinetti y John Allen, de la misma universidad, han realizado un estudio de seguimiento del tratamiento con ultrasonido en un grupo de voluntarios integrado por estudiantes de psicología de la Universidad de Arizona, registrando signos vitales como frecuencia cardíaca y frecuencia respiratoria. Han determinado que un tratamiento a 2 megahercios durante 30 segundos es el más capaz de producir un cambio positivo en el estado de ánimo de los pacientes.

Ya se trabaja en la idea de fabricar un aparato comercial basado en este hallazgo.

¿Existe el estrés bueno?

Artículo, de Novedades en Psicología, blog del doctor en psicología Juan Moisés de la Serna, que recomendamos por su interés.
 
Existen numerosas situaciones a lo largo del día que requieren de nuestra máxima atención, y en las que tenemos que dar la mejor respuesta posible. Ya sea por la premura o por tener que atender a varios requerimientos a la vez, estas demandas nos producen estrés.

El estrés mantenido a medio o largo plazo puede ser nocivo para la salud, pero también existe el estrés “bueno”, es decir, aquel que durante un corto espacio de tiempo potencia nuestras capacidades y nos hace dar respuestas más acertadas en las actividades que se deben de desempeñar.

El artículo, de Novedades en Psicología, blog de Juan Moisés de la Serna, doctor en psicología, se puede leer aquí.

El componente emocional de la sinestesia tiene una base neurológica

Alrededor del 4% de la población tiene sinestesia, una forma del funcionamiento cerebral que se sale de lo habitual, al asociar la estimulación de un sentido con activaciones en otro. Por ejemplo, percibir colores específicos cuando se leen letras o números. Esta peculiar forma de percepción se conoce como sinestesia grafema-color y es la más frecuente del fenómeno neurológico.

Científicos de la UNED en España han participado en una investigación que revela nuevos datos sobre el cerebro sinestésico grafema-color, en concreto, sobre su componente emocional, que hasta ahora ha sido el menos estudiado desde el ámbito neurocientífico.

“Hemos hallado variaciones estructurales en áreas cerebrales que participan en el procesamiento emocional, lo que sugiere la existencia de una base neuroanatómica del componente emocional de la sinestesia”, explica Marcos Ríos-Lago, investigador del departamento de Psicología Básica II de la UNED y uno de los autores del estudio.

Para llegar a esta conclusión, el equipo analizó la estructura cerebral de ocho personas con sinestesia con la ayuda de un equipo de resonancia magnética. Estos resultados fueron comparados con las resonancias de seis individuos no sinestésicos, tal y como revela el estudio, publicado en la revista Experimental Brain Research.

“Las imágenes obtenidas nos han permitido observar con una gran resolución espacial, la macroestructura de la sustancia gris cerebral –aquella que contiene los cuerpos neuronales– y de las vías de sustancia blanca, que permiten la comunicación entre diferentes partes del cerebro”, indica Helena Melero, investigadora del departamento de Psicobiología de la Universidad Complutense de Madrid y autora principal del trabajo.

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El hallazgo supone la primera evidencia empírica que relaciona la sinestesia adquirida con la heredada. (Foto: Garlandcannon)

Además de establecer una base neurológica para esta vertiente emocional, los resultados del estudio revelaron variaciones en núcleos subcorticales como el putamen y el tálamo. Este hallazgo supone la primera evidencia empírica que relaciona la sinestesia adquirida –como consecuencia de una lesión cerebral– con la sinestesia heredada, puesto que las variaciones estructurales aparecen en ambos grupos de personas.

La investigación, en la que también han participado expertos del Hospital Ruber Internacional, del Hospital Beata María Ana, de la Fundación CIEN-Fundación Reina Sofía y de la Fundación Internacional Artecittá, se ha centrado en la sinestesia grafema-color aunque, según los científicos, puede ayudar a conocer mejor otras modalidades del fenómeno. (Fuente: divulgaUNED)

La gente sincera dice la verdad porque mentir le produce rechazo o vergüenza

Investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) (España) y la Universidad de Quebec en Montreal (Canadá) se han basado en un experimento para conocer los motivos por los cuales la gente miente o dice la verdad ante una situación concreta.

“Se trata de un ensayo muy sencillo de metodología económica experimental. El objetivo era investigar por qué la gente es sincera. En teoría económica la visión estándar –predominante hasta hace unas décadas– era que a la gente lo único que le motiva es su propio beneficio material. Es decir, que somos egoístas en ese sentido: siempre diremos la verdad si nos conviene materialmente y mentiremos si no es así”, declara a SINC Raúl López, investigador de la UAM y coautor del trabajo.

Los investigadores señalan que esta predicción parece tener ciertas limitaciones porque se han recogido numerosas evidencias de que las personas dicen la verdad aunque les suponga un coste material. De ahí surgen diferentes hipótesis sobre el porqué.

“Hemos estudiado la relevancia de una de esas explicaciones para ver qué porcentaje la respalda. La hipótesis es que la gente es sincera porque lo ha interiorizado, y lo contrario les hace sentir una emoción negativa como la culpa o la vergüenza, lo que conocemos como aversión pura a la mentira”, explica López.

Las otras motivaciones con las que se cuenta como hipótesis son el altruismo, la conformidad con lo que pensamos que el otro espera que digamos, o el compromiso y el deseo de no defraudar las expectativas de ingresos del otro.

En su ensayo participaron 258 personas que se repartían los papeles de mensajero y receptor. El que hacía de mensajero tenía delante una pantalla de ordenador y veía lo que los expertos denominan una señal aleatoria; en este caso, un círculo verde o azul que aparecía indistintamente. Una vez que el mensajero observaba el color, le tenía que mandar un mensaje al receptor indicando “ha aparecido el círculo azul” o “ha aparecido el círculo verde”, en otras palabras, podía mentir o decir la verdad. El receptor desconocía en todo momento el color, solo recibía el mensaje.

Se daban además unos pagos monetarios dependiendo de lo que se decidiera, mentir o decir la verdad. “El receptor siempre recibía 10 euros, pasara lo que pasara. El mensajero, si mandaba el mensaje verde recibía 15 euros, y si manda azul, 14 euros”.

¿Son las mujeres menos corruptas que los hombres?

En los tiempos que corren, con algunos países en los que políticos y banqueros protagonizan nuevos casos de corrupción casi cada día, hay quienes se preguntan si la corrupción es una lacra en la que el hombre es más propenso a caer que la mujer. Un estudio ha explorado esta cuestión.

Tras una revisión extensa de datos recolectados por tres organizaciones que monitorizan y miden la corrupción, y después de realizar otros análisis, Justin Esarey, profesor de ciencias políticas en la Universidad Rice, de Houston, Texas, y Gina Chirillo, del Instituto Democrático Nacional para Asuntos Internacionales, en Washington, D.C., ambas entidades de Estados Unidos, han llegado a la conclusión de que las mujeres son más propensas que los hombres a desaprobar la corrupción política, y menos propensas que ellos a participar en redes de corrupción, pero solo en países donde la corrupción está muy mal vista.

En naciones donde la corrupción está más consentida por la sociedad, como ocurre por ejemplo en aquellos países en los que la gente vota a favor de partidos políticos aún sabiendo de los muchos casos de corrupción que hay en ellos, las mujeres son tan corruptas como los hombres.

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¿Son las mujeres menos corruptas que los hombres? (Imagen: Amazings / NCYT / JMC)

Dice Esarey que "los estados que tienen más corrupción tienden a ser menos democráticos". La correlación es obvia. En los países dominados por corruptos, estos juegan sucio y no respetan para nada el espíritu democrático. Sobornan o amenazan a jueces, e incluso colocan a amigos suyos en puestos de decisión de las altas esferas judiciales, para impedir que prosperen las acciones legales contra la corrupción o que las penas que sufran los corruptos sean irrisorias, cobran sobornos de empresas a las que luego dan contratos públicos en los que se despilfarra el dinero del contribuyente, privatizan indebidamente un bien para luego beneficiarse de él a través de una empresa privada a la que se le concede la gestión de ese bien y de la que son socios o futuros empleados, ponen todo tipo de trabas administrativas para enlentecer la acción de la justicia cuando no pueden detenerla, y por supuesto mienten deliberadamente a los electores con promesas que saben que no podrán cumplir.

domingo, 3 de noviembre de 2013

¿Es capaz el cerebro humano de distinguir una falsa sonrisa?

Desde que Leonardo Da Vinci pintara La Gioconda, mucho se ha hablado de lo que escondía su sonrisa. Ahora, investigadores españoles han descubierto hasta qué punto este gesto, que capta poderosamente nuestra atención, confunde el reconocimiento de las emociones y nos hace percibir un rostro como alegre, aunque no lo esté.

Los seres humanos deducimos el estado de ánimo de los demás a partir de sus expresiones faciales. “El miedo, la ira, la tristeza, el disgusto o la sorpresa se infieren rápidamente de este modo”, explica a SINC David Beltrán Guerrero, investigador de la Universidad de La Laguna. Pero hay emociones más difíciles de percibir.

“Existe una amplia variedad de expresiones más ambiguas, de las que es difícil suponer el estado emocional que se esconde detrás. Un caso paradigmático es el de la expresión de alegría”, continúa Beltrán, que forma parte de un grupo de expertos de la institución canaria que ha analizado en tres artículos científicos la capacidad de la sonrisa para falsear esta capacidad de deducción innata en las personas.

“La sonrisa desempeña un papel fundamental en el reconocimiento de la alegría o felicidad de otros. Pero, como sabemos, no siempre que sonreímos estamos realmente alegres”, añade. En algunos casos, la sonrisa refleja simplemente cortesía o afiliación. En otros, puede incluso ser un recurso para ocultar sentimientos y motivaciones negativas, tales como dominancia, sarcasmo, nerviosismo o vergüenza.

Para desarrollar esta línea de investigación, los autores crearon caras compuestas por bocas sonrientes y ojos que expresaban emociones no alegres, y las compararon con caras en las que tanto bocas como ojos se relacionaban con un mismo tipo de estado emocional.

El objetivo fundamental fue descubrir hasta qué punto la sonrisa sesga el reconocimiento de las expresiones ambiguas, y hace que se identifiquen con la alegría a pesar de estar acompañadas por ojos que expresan claramente otro sentimiento.

“La influencia de la sonrisa depende mucho del tipo de tarea que se les pida a los participantes y, por tanto, del tipo de actividad en el que estemos inmersos cuando nos encontramos con este tipo de expresiones”, apunta Beltrán.

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La sonrisa domina gran parte de las etapas iniciales del procesamiento cerebral de las caras. (Foto: Håkan Dahlström(
Así, cuando la tarea es puramente perceptiva –como la detección de rasgos faciales–, la influencia de la sonrisa es máxima, hasta el punto de que no se encuentran diferencias entre las expresiones ambiguas (boca alegre y ojos no alegres) y las expresiones genuinas de alegría (boca y ojos alegres).

En cambio, cuando la tarea implica categorizar las expresiones, es decir, reconocer si es de alegría, tristeza o de cualquier otra emoción, la influencia de la sonrisa disminuye, aunque sigue siendo importante, ya que en un 40% de las ocasiones los participantes identifican las expresiones ambiguas como genuinamente alegres.

Sin embargo, la influencia de la sonrisa desaparece en la evaluación afectiva, es decir, cuando se le pide a alguien que valore si la expresión facial es positiva o negativa: “La sonrisa puede llevar a tratar una expresión no alegre como alegre, excepto cuando estamos implicados en la evaluación afectiva de dicha expresión”, subraya.

Para los autores, la razón por la que a veces la sonrisa conduce a una mala categorización de la expresión tiene que ver con la alta ‘saliencia’ visual de la sonrisa –su capacidad para capturar la atención– y su casi exclusiva asociación al estado emocional de alegría.

En una investigación reciente, encontraron que la sonrisa domina gran parte de las etapas iniciales del procesamiento cerebral de las caras, hasta el punto que provoca actividades eléctricas del cerebro similares para expresiones genuinas de alegría y expresiones ambiguas con sonrisas y ojos no alegres.

Mediante la medida de movimientos oculares, observaron que una expresión ambigua se confunde y categoriza como alegre si la primera fijación de la mirada cae en el área de la boca sonriente, en lugar de en el área de los ojos.